El Secreto de la Felicidad

Al decir “Secreto de la Felicidad” se podría sospechar que hablo de algo mágico o misterioso, pero nada de eso.
Es algo muy natural. Tan natural que muchos no lo advierten.(…)

¿Cómo podemos hallar la felicidad?


Pues, practicando en lo que insistimos constantemente: haciendo feliz al prójimo, y es sólo esto. Para ello existe un método sumamente eficaz que he practicado con mucho éxito, y estoy escribiendo este capítulo solamente con el deseo de darlo a conocer.

Expresado en la forma más simple, consiste en practicar el mayor número posible de buenas acciones. Pensar constantemente en hacer algún bien. Por ejemplo, pensar en dar alegría a otras personas. Que la esposa estimule al marido a trabajar para el bienestar de la sociedad; que el marido le dé alegría mostrándose gentil con ella, inspirándole confianza. Es natural que los padres amen a los hijos. Pero deben hacer algo más que esto; deben cuidar del futuro de ellos con la máxima inteligencia y eliminar toda actitud autoritaria en el trato con ellos, a fin de que éstos guarden sincero respeto a los padres y puedan estudiar y vivir con entusiasmo.

Que en la vida cotidiana suscitemos esperanza en el corazón de las personas con quienes tratamos, teniendo como lema proceder con amor y gentileza en relación a los jefes y subalternos, así como seguir las normas de la honestidad. Los políticos antepondrán la felicidad del pueblo a sus intereses, erigiéndose como ejemplos de buena conducta. Desde luego que el pueblo por su parte, se esforzará en practicar el bien con toda su inteligencia y constante empeño. Podemos asegurar que serán más felices aquéllos que practiquen mayor número de buenas acciones.

Ya podemos imaginarnos qué transformación sufrirá  la nación y la sociedad entera, si todos practicaran solidariamente el bien. Es obvio que se convertiría en el primer país ideal, que recibiría el respeto del mundo entero. Como consecuencia lógica, desaparecerán todos los problemas de orden moral, todas las enfermedades, toda la pobreza y todo conflicto. Esto no podría fallar, pues sería como dar un martillazo en el suelo.(…)

Meishu Sama,
1º de octubre de 1949

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